martes, 24 de agosto de 2010

MI COLE


Comencé el colegio a los seis años. No podeis imaginar el trauma que fue, imagino que como el de todos los niños su primer día. Me recuerdo llorando a moco tendido nada más entrar en clase, cosa nada extraña si, para colmo, el profesor, D. Agustin, era como Polifemo (bueno, como Polifemo, no, porque D. Agustin tenía dos ojos, aunque muy mal colocados). El caso es que, D. Agustin, aunque era un rato feo, tampoco era malo y en cuatro días ya sabía escribir un poco y dedicar a mamá la típica felicitación del día de la madre, con faltas de ortografía varias y a lápiz. Mi madre guardó la tarjeta durante años, como cualquier otra madre hubiera hecho y hoy en día la conservo yo como un tesoro, un tesoro de esos que no se convierten en dinero (ni falta que hace).

Mi segundo profesor, se llamaba D. Francisco. Creo de verdad que si hubiese maestros como aquél hoy en día, otro gallo cantaría. Fue el maestro que, con siete años, me enseñó caligrafía y consiguió que en tan corto plazo, mi autoestima (palabra que entonces no existía) creciese sin límite, porque me encargó, junto a otros privilegiados de la clase, poner al resto de alumnos la "muestra" de caligrafía díaria en sus cuadernillos. Otra cosa cque consiguió es que me empezase a gustar la lectura. Por las tardes, la clase consistía en leer libros infantiles, entre los que recuerdo especialmente "Pinocho".

De mi tercer maestro, D. José, no tengo muchos recuerdos. únicamente que era muy alto, con aspecto afeminado y poco accesible. De su clase, lo único que me queda en la cabeza es los dibujos, para mi perfectos, que realizaba en la pizarra un compañero, sobre todo caballos con las crines al viento. Yo no entendía como con 8 años era posible hacer esos dibujos. Se llamaba (y me imagino se sigue llamando) Ignacio.

Mi siguiente profesor, del cual me da rabia no acordarme de su nombre, si recuerdo que era de Avila y de que, cercana su jubilación, pasaba más horas dormido que despierto. Ah. siiii. Se llamaba D. Antonio. Recuerdo que fue quien me propuso para hacer el bachiller, a pesar de ser uno de los mas pequeños de la clase. Tambien recuerdo que únicamente propuso dos nombres: el mio y el de Orfelio (¡vaya nombre!). Ambos hicimos bachiller, aunque él respondió más a las espectativas que puso el maestro. Con 22 años acabó Psicología, estudiaba ciencias exactas y me imagino que hacía muchas más cosas, entre ellas, que yo sepa, ser profesor de la Universidad Autónoma de Madrid. Orfelio, en la foto, es el 4º de la fila superior, de izquierda a derecha. Yo, por si no me conoceis, soy el segundo de la misma fila.
El profesor que me preparó para la "prueba de ingreso" del bachiller (que así se llamaba entonces), tambien se llamaba Francisco y como el otro Francisco que he contado, era un maestro por vocación. Mi primer Quijote, que leíamos de manera compartida en la clase, fue gracias a él. Aún conservo el libro, que es como una reliquia. Lo recuerdo mucho porque años despues, fue profesor mio en tercero de bachillerato y fui su alumno predilecto en la clase de dibujo lineal, una de las pocas materias que me gustaban.
Volviendo a la prueba de ingreso del bachiller, la recuerdo como un auténtico trauma infantil. Imaginad a un niño de 9 años desplazandose a un colegio ajeno, en este caso el Instituto San Isidro de Madrid para realizar un examen de conocimientos globales, entre los cuales había uno oral en presencia de insignes catedráticos ataviados con túnicas negras y gorrito. Recuerdo que una de las preguntas fue: ¿Que es un cabo? y yo no recuerdo si dije que un trozo de tierra que se introducía en el mar ó un trozo de mar que se metía en la tierra. El caso es que, no sé si por mis conocimientos o por la sabia intervención de D. Francisco ante el tribunal, pasé la prueba.

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