viernes, 1 de septiembre de 2017

LA ABUELA DOLORES

En esta familia, casi todas las mujeres se llaman Dolores. Las dos abuelas se llamaban Dolores. Mi mujer también y mi hija y mi hermana, también. Pero en este caso, le dedicaré el capítulo a mi madre.
Mi madre, nació el año y el día que zarpó el Titánic en su viaje inaugural, el día 10 de abril de 1912 (admito, si estoy equivocado, que quién lea esto, me corrija). Dicha esta tontería, trataré de explicar lo más fielmente posible cómo era. 
Imaginaos vivir a principio del siglo 20 en una aldea como Novella. Un pueblo sin nada, rodeado de nada y con más pobreza que en la comarca de las Hurdes (tan conocida por haber salido en múltiples ocasiones en televisión como ejemplo de máxima pobreza). Es difícil de entender en nuestro siglo. Sólo os diré que recuerdo haberle oído contar que, con sólo 9 años, iba a cuidar de las ovejas (que serían más grandes que ella) y únicamente con un cantero (trozo de de pan duro) que mojaba en la fuente para poder comérselo. Menos mal que, dada la pobreza extrema, no creo que tuviese que cuidar de demasiadas ovejas. Luego, imagino que al volver, tendría que ayudar con las gallinas y con el poco huerto que hubiese para cuidar. Y todo ello, en un pueblo con una temperatura invernal de muchos grados bajo cero. Imagino que eso endurece. Y es que mamá era muy, pero que muy fuerte. Desconozco de ella muchas cosas hasta el día en que se casó con mi padre, pero estoy convencido que fue una bonita historia de amor, a tenor de las cartas y postales que mi padre le enviaba desde la guerra (aún conservo una). Aunque me repita, imaginad a una mujer, con sólo hijas ayudar en las tareas del campo y ocuparse de una casa. Os diré que me contaron que en tiempo de recolección, estaba horas y horas dando vueltas a la rueda  de la aventadora (máquina que, sin motor alguno, separaba la paja del grano). Es normal que fuese dura. No había más remedio.
De su estancia en Madrid, yo con dos años cumplidos, os puedo dar algún detalle más. La casa no tenía lavadora. Se lavaba todo a mano. Éramos 8, si contamos a mi tía Rafaela, que vivió siempre con nosotros, así que podéis imaginar los tutes que se daba simplemente con atender a ocho personas.
Pero no acababa ahí la cosa. Dado que en el pueblo quedaban familiares e hijos de familiares que cumplían  el servicio militar en distintos sitios de la península, se encargaba de lavar la ropa de los mismos cuando venían a Madrid. No sé cómo podía con todos, pero el caso es que podía.
El tiempo que le sobraba.....porque, si, le sobraba, cosía bolsas de guata (junto con la tía Rafaela) y otras cosas que no recuerdo y que había que entregar después en la tienda, que, si no recuerdo mal, estaba cerca de la Puerta del Sol. Naturalmente, iba andando, para no gastar el mínimo ingreso obtenido en coger ningún tipo de transporte. Recuerdo haberla acompañado en alguna ocasión.
Algunos domingos, recuerdo también que venían, ya de paso, también a comer,  algunos "medio familiares" del pueblo, cuyo objetivo, no era saludar a mi madre, sino intentar ligar con alguna de mis hermanas.
Pero es que a mi madre, lo que menos le importaba era tener la casa llena de gente. Era feliz si en casa había más de  diez personas, aunque casi no cabían. Si eran sus nietos, mejor todavía. Nunca la vi quejarse por el trabajo que le pudiesen dar las visitas.
Debí ser un niño muy enfermizo, porque recuerdo que me llevaba muchas veces al médico. En aquellos tiempos, teníamos el médico de cabecera en un bajo de la Puerta del Sol, cerca del actual Corte Inglés.
En una ocasión y no sé qué me notaría, me llevó a que me hicieran un electroencefalograma. Alguna vez he pensado que ella ya intuía que mi coco no era muy ortodoxo. No os riais, porque os prometo que sí que lo he pensado, a tenor de los acontecimientos actuales. Lo que sí os digo es que no hay nadie que conozca mejor a sus hijos que una madre.
Pues bien, el día que me hicieron el electro, había una sala de espera en la que estaba una señora dando eruditas explicaciones de las características de la prueba. Decía: " No te preocupes, bonito, que lo único que te hacen es ponerte una especie de malla en el cuero cabelludo que se sujeta con unos alfilercitos y después te dan corrientes eléctricas. Excuso deciros que, fue ponerme el médico la mano en la cabeza y yo caí redondo en el suelo sin conocimiento.
Siempre he odiado ir a los médicos. Mis experiencias han sido casi siempre malas. Recuerdo haber perdido el conocimiento en múltiples ocasiones. Desde analíticas hasta extracciones dentales y hasta por lo menos cumplir veinte años.    


Esto casi no venía  a cuento, pero para acabar de hablar de mi madre, diré que seguro que me quiso mucho más que yo a ella (cosa que me cuesta perdonarme). Creo que en el fondo, nos damos cuenta de estas cosas sólo cuando somos padres. Estoy seguro que ella no me lo tuvo nunca en cuenta.

ANÉCDOTA CURIOSA

Espero contaros bien ésta anécdota, porque no es fácil, pero deja claro hasta qué punto pueden mezclarse los destinos de la gente y confirma el dicho "este mundo es un pañuelo". Os cuento, para que os pongáis en situación: Reunión con el Director del INEF(Javier Rojo), Secretario del mismo y gerente. El motivo, la integración a todos los efectos del Instituto Nacional de Educación Física  en la Universidad Politécnica de Madrid. Anteriormente, dependía del Consejo Superior de Deportes y era dicho Organismo quien confeccionaba sus nóminas. A partir de ese momento, íbamos a ser nosotros los encargados de gestionarlas y esa era la razón de nuestra reunión.
Nos invitan a comer en las dependencias del INEF y hablamos animadamente para darnos a conocer y comentar el asunto de la "Encomienda de Gestión" que era el nombre asignado a la labor de confeccionar sus nóminas. En un momento dado, el entonces director del INEF me mira y me dice: Yo te conozco de antes, "tu cara me suena". Yo le contesto que su cara tampoco me es desconocida y empezamos entones a intentar descubrir de qué nos "suenan" nuestras respectivas caras. Salen a relucir los estudios, el servicio militar y otras cuarenta cosas, pero en ninguna coinciden lugares comunes que nos ayuden a descubrir el vínculo que los dos buscamos. Un poco hartos ya del asunto, le cuento a Javier una anécdota relacionada un poco con esta situación. Le explico que algo parecido me sucedió días antes en el hospital dónde estaba ingresado mi padre, la Fundación Jiménez Díaz, dónde el médico de guardia, a mi pregunta de ¿Cómo está mi padre?, me responde que está controlado, que tiene algo de insuficiencia respiratoria y que se queda ésa noche ingresado. Además, me añade: Tu cara me suena, pero no sé ahora de qué. Pasa la noche y por la mañana aparece el médico de guardia y le pregunto qué tal ha pasado la noche mi padre. Me contesta :Tu padre ha pasado la noche bien y ya sé de qué te conozco. Te conozco de los Billares Pasajes, en la Glorieta Luca de Tena. Era cierto, lo había conocido allí.
Y aquí llega la anécdota. Estaba contando esto al Director y me dice:  ¡coño! , pues de ahí te conozco yo también. Resulta que él había pisado mucho ese barrio, pues su novia (y actual esposa) vivía en la calle del Ferrocarril y él había conocido a gente de dicho barrio. Derivó nuestra conversación en cualquier cosa, excepto en la encomienda de gestión de las nóminas del INEF. Hablamos de conocidos comunes, anécdotas juveniles y al final resultó una comida más agradable de lo esperado. Tanto es así, que el Secretario del INEF, celoso de nuestra animada conversación, terció en la misma para decir que sus padres no le habían dejado nunca pisar esos lugares (los billares). Nos miramos Javier y yo y aguanté como pude las ganas de decirle: "Quizá si los hubieras pisado, hubieses llegado a Director como Javier". La prudencia triunfó y no contesté a semejante desatino. Por su parte, el dire, un tío muy majo, se dio también cuenta de la metedura de pata de su secretario.

ORFELIO



¡Vaya nombre!......Pues bien, Orfelio Gerardo León García, fue un compañero de colegio y de pupitre que recientemente se ha jubilado. Era para mí un referente. Fue un referente para mí siempre, aunque su ejemplo no me sirvió demasiado. En el colegio destacaba  ya por su inteligencia y por sus dotes de liderazgo. Jugaba a baloncesto, porque era corpulento aunque no excesivamente alto. Entre él y otro compañero, Carlos Zaldo, hacían un tándem bastante completo en el equipo de baloncesto del colegio, que en el curso 69-70, provocó que ganáramos los partidos por muchísimos puntos de diferencia.
Pero no es ahí dónde destacó mi compañero Orfelio, o no solamente ahí. Dejamos de vernos en el Instituto Cervantes, tras el bachiller superior, con dieciséis años. Le perdí la pista durante unos años y casualmente la volví a encontrar ya trabajando en la Universidad dónde llevo 40 encargándome de la Seguridad Social. Ocurrió que, por error, enviaron del Ministerio de Educación (el cual hacía entonces nuestras nóminas) una nómina de la Universidad Autónoma. Con su peculiar nombre, lo identifiqué rápidamente. Resulta que con 22 añitos, era profesor no numerario de Psicología en dicha Universidad. Lo que casi nadie sabrá (y yo intuyo) es la causa que provocó que se dedicase a la docencia y precisamente en esa rama. Estoy seguro de saberlo. Todo empezó en clase de filosofía del Instituto Cervantes, dónde impartía clase una profesora que no puedo olvidar, por su prepotencia y chulería. Se llamaba  Dª  Elvira Sevilla. Pues bien, dicha profesora, aparte los exámenes sorpresa y las evaluaciones con exámenes orales, gustaba experimentar con otras actividades. Entre ellas, inventó, según ella para subir nota, conferencias voluntarias de los alumnos. Orfelio se prestó a ello y decidió impartir una conferencia sobre la droga. Llegó vestido de Sherlock Holmes, con su gorrita y su pipa y creo que nos habló de las drogas.  Al terminar, la profesora nos preguntó nuestra opinión. Todos coincidimos  en que había sido una conferencia muy completa (teníamos 16 años). Pues Bien, ella dijo que esperaba mucho más de Orfelio y que a ella le había parecido bastante deficiente. Esto podría haber sido sólo un opinión, pero no lo fue. Suspendió a Orfelio una evaluación y provocó que no pudiese examinarse en Junio de la reválida de 6º. Imagino que eso debió quedar grabado en mi compañero y quizá fuese esa la razón de su posterior dedicación a la psicología, rama en la que ha destacado, publicando multitud de libros.
Me hubiera gustado volver a verlo, pero prefiero recordarlo tal y cómo lo conocí. De hecho, he vuelto a verlo en foto, con motivo del homenaje que le han dado sus compañero de la Facultad de Psicología de la U. Autónoma. Me hace pensar que los demás me ven como yo le veo a él, una persona adulta( por no decir mayor) y eso me deprime un poco.
Orfelio y yo en el patio del Colegio Menéndez y Pelayo - mayo 1970