Fue en 1997. Vivíamos aún en la casa de la calle Virgen de los Desamparados. Habíamos decidido cambiar el suelo, cerrar la terraza y cambiar los muebles del cuarto de estar para hacer una habitación nueva para mi hija Loli.
Por motivos obvios, mi mujer y los niños fueron unos días a vivir a casa de los abuelos maternos, hasta que terminase la obra. Yo, me quedé en casa a vigilar la obra y a dormir.
Como había que redistribuir muebles para poder colocar el suelo nuevo, quité las sujeciones de las camas, que, al ser abatibles, estaban ancladas en la pared.
Llegó la noche y me dispuse a dormir, sin acordarme de que había quitado el anclaje de la pared. Extendí la cama y me tumbé. Con mi peso, el mueble que contenía habitualmente la cama, se me cayó encima y quedé completamente atrapado dentro de la cama. El problema es que estaba sólo, no existían lo móviles y era de noche. Tardé diez interminables minutos en liberarme del caparazón de la cama. Con los pies, empujaba hacia arriba el cajón de madera y a la vez intentaba salir por el hueco que quedaba entre el mismo y la cama. Por fin y con mucho esfuerzo, conseguí salir de mi cárcel. Luego, me dio por pensar qué habría sucedido si no logro salir.
La vecina de abajo fue la única que se enteró, por el ruido que el mueble hizo al caer encima de mi y de la cama, pero no se le ocurrió que a alguien le pudiese haber ocurrido semejante imbecilidad. Me preguntó por la mañana y yo se lo conté. Me imagino que todavía estará muriéndose de risa.
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