Hoy está de moda esta expresión, que
en mi tiempo era algo normal. Era un aprendizaje diario escabullirse de quien
sólo se sentía importante haciendo daño a algún compañero. Yo fui en algún
momento acosado. Recuerdo a dos pintillas. Uno se apellidaba Azpilicueta y otro
Hernán. Los dos esperaban el momento más oportuno para quitarme cosas e incluso
darme algún cachete. No recuerdo mucho los detalles, porque es mejor
olvidarlos. El único detalle que no olvido es que un día, mientras estaba
siendo “acosado” y yendo en dirección a mi casa
desde el colegio, llegué, con ellos pinchándome si parar, hasta el disco
que hay en la confluencia de la calle Delicias y la Calle Murcia. Calculé bien
y lancé con todas mis ganas una patada en la pierna, creo que fue a Hernán, al
cual no dejé inservible de casualidad. Es curioso, pero no recuerdo que después
de eso hubiese represalias y creo que ese suceso fue el fin de los acosos.
Pero el auténtico acoso, lo sintió
un profesor que tuvimos y del que me acuerdo muchas veces. Se llamaba Félix.
Era andaluz y una bellísima persona. Su apodo era “Félix el gato”, apodo tomado
de una serie de dibujos animados muy conocida en ese tiempo. Era tan buena
persona, como incapaz de hacer frente a una recua de malos estudiantes que le
amargamos la vida. Fue nuestro profesor en tercero de bachiller. A unos
chavales de trece años no se les puede dejar campar a su anchas y D. Félix no
sabía imponer autoridad. Recuerdo muchas anécdotas: Teníamos unos armarios
roperos en el pasillo del colegio, dónde colgábamos los abrigos. Eran lineales
y se comunicaban unos con otros, de manera que jugábamos a escondernos en ellos
y no aparecíamos en la clase. D. Félix nos buscaba con la regla en la mano y
abría el primer armario. Todos íbamos pasando a los armarios siguientes para
que no nos viera, lo que ocasionaba que en los cinco últimos armarios se
acumulasen casi cuarenta chicos. Al abrir éstos últimos, salíamos despedidos como un cohete y caíamos al pasillo. Era
divertidísimo para todos, menos para D. Félix, claro.
Su manera de hablar, era motivo de
burla siempre. Si tenía que decir a alguien que callase, era peculiar su manera
de decirlo, pues finalizaba las frases en “CH”. para decir: tú, cállate, decía
Tuch, callatechh!. Imaginaos el cachondeo de todos nosotros imitando su forma
de hablar.
Como D. Félix era pequeñito, le
escondíamos la regla en el borde superior de la pizarra, al cual él no
alcanzaba. Entonces pedía ayuda al más alto de la clase para que se la
descolgara. Se apellidaba Ayuste y medía ya cerca de 1.80 m. Recuerdo que le
decía: Ayustito, rico, bájame la regla. Ayuste salía al encerado y hacía ver
que no alcanzaba a cogerla, a pesar de que le sobraba medio metro. Mientras tanto,
nosotros reíamos por lo bajini.
Imaginad lo simple que era D. Félix.
Cuando alguien le hacía algo malo, iba por el pasillo de la clase, paseando
entre mesa y mesa y de repente, daba con la regla a algún compañero y le decía:
¡toma la que te debía! . Para evitar eso, mientras él paseaba por el pasillo,
regla en mano, es gracioso recordar cómo empujábamos a nuestro compañero, hasta
tirarlo del pupitre, con objeto de no quedar al alcance de sus reglazos.
Fue un desastre de curso. El pobre D.
Félix cayó en depresión y abandonó el colegio. Lo vieron una vez en Granada, en
el quicio de una puerta, cabizbajo y triste. Para nosotros, el resultado fue
que únicamente aprobó un alumno todas las asignaturas, un tal Larraona, que hoy
es médico creo que en Córdoba. Por mi parte, suspendí cuatro asignaturas en
junio y en septiembre me volvió a quedar una, latín, que arrastré el curso siguiente. Ese fue el resultado de
nuestro “acoso” a D. Félix.

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