martes, 7 de marzo de 2017

ACOSO ESCOLAR





Hoy está de moda esta expresión, que en mi tiempo era algo normal. Era un aprendizaje diario escabullirse de quien sólo se sentía importante haciendo daño a algún compañero. Yo fui en algún momento acosado. Recuerdo a dos pintillas. Uno se apellidaba Azpilicueta y otro Hernán. Los dos esperaban el momento más oportuno para quitarme cosas e incluso darme algún cachete. No recuerdo mucho los detalles, porque es mejor olvidarlos. El único detalle que no olvido es que un día, mientras estaba siendo “acosado” y yendo en dirección a mi casa  desde el colegio, llegué, con ellos pinchándome si parar, hasta el disco que hay en la confluencia de la calle Delicias y la Calle Murcia. Calculé bien y lancé con todas mis ganas una patada en la pierna, creo que fue a Hernán, al cual no dejé inservible de casualidad. Es curioso, pero no recuerdo que después de eso hubiese represalias y creo que ese suceso fue el fin de los acosos.

Pero el auténtico acoso, lo sintió un profesor que tuvimos y del que me acuerdo muchas veces. Se llamaba Félix. Era andaluz y una bellísima persona. Su apodo era “Félix el gato”, apodo tomado de una serie de dibujos animados muy conocida en ese tiempo. Era tan buena persona, como incapaz de hacer frente a una recua de malos estudiantes que le amargamos la vida. Fue nuestro profesor en tercero de bachiller. A unos chavales de trece años no se les puede dejar campar a su anchas y D. Félix no sabía imponer autoridad. Recuerdo muchas anécdotas: Teníamos unos armarios roperos en el pasillo del colegio, dónde colgábamos los abrigos. Eran lineales y se comunicaban unos con otros, de manera que jugábamos a escondernos en ellos y no aparecíamos en la clase. D. Félix nos buscaba con la regla en la mano y abría el primer armario. Todos íbamos pasando a los armarios siguientes para que no nos viera, lo que ocasionaba que en los cinco últimos armarios se acumulasen casi cuarenta chicos. Al abrir éstos últimos, salíamos despedidos  como un cohete y caíamos al pasillo. Era divertidísimo para todos, menos para D. Félix, claro.

Su manera de hablar, era motivo de burla siempre. Si tenía que decir a alguien que callase, era peculiar su manera de decirlo, pues finalizaba las frases en “CH”. para decir: tú, cállate, decía Tuch, callatechh!. Imaginaos el cachondeo de todos nosotros imitando su forma de hablar. 

Como D. Félix era pequeñito, le escondíamos la regla en el borde superior de la pizarra, al cual él no alcanzaba. Entonces pedía ayuda al más alto de la clase para que se la descolgara. Se apellidaba Ayuste y medía ya cerca de 1.80 m. Recuerdo que le decía: Ayustito, rico, bájame la regla. Ayuste salía al encerado y hacía ver que no alcanzaba a cogerla, a pesar de que le sobraba medio metro. Mientras tanto, nosotros reíamos por lo bajini.

Imaginad lo simple que era D. Félix. Cuando alguien le hacía algo malo, iba por el pasillo de la clase, paseando entre mesa y mesa y de repente, daba con la regla a algún compañero y le decía: ¡toma la que te debía! . Para evitar eso, mientras él paseaba por el pasillo, regla en mano, es gracioso recordar cómo empujábamos a nuestro compañero, hasta tirarlo del pupitre, con objeto de no quedar al alcance de sus reglazos.

Fue un desastre de curso. El pobre D. Félix cayó en depresión y abandonó el colegio. Lo vieron una vez en Granada, en el quicio de una puerta, cabizbajo y triste. Para nosotros, el resultado fue que únicamente aprobó un alumno todas las asignaturas, un tal Larraona, que hoy es médico creo que en Córdoba. Por mi parte, suspendí cuatro asignaturas en junio y en septiembre me volvió a quedar una, latín, que arrastré  el curso siguiente. Ese fue el resultado de nuestro “acoso” a D. Félix.




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