viernes, 10 de marzo de 2017

VUESTRO ABUELO DANIEL

No es porque sea mi padre, pero no he conocido a nadie con su talante. Vivió la guerra civil y yo creo que esa experiencia fue tan dura, que no encontraba motivo jamás para renunciar a las cosas positivas de la vida. No había persona que pidiese a la vida menos que él. Se conformaba (en sus últimos años) con esperar el fin de semana para ver a sus nietos, a los cuales adoraba.
Había perdido casi la comunicación verbal, por un ictus que sufrió ya bastante mayor. Yo en su lugar, me habría dado de cabezazos contra una pared si no hubiese podido hablar con nadie durante años.
Cuando era joven y yo era un niño, recuerdo haber ido de vacaciones con él. En Molina de Aragón, le conocían todos. Era extrovertido y simpático con todo el mundo. A todos les caía bien. No era por casualidad. Nunca se quejaba de nada. Ni siquiera cuando trabajaba en turno de noche en los autobuses ADEVA. Los autobuses ADEVA, cubrían antaño la ruta hasta la Ciudad los Angeles. Luego empezaron a circular autobuses municipales y vendieron la empresa a PEUGEOT. Estaba ubicado en la Ronda de Valencia y daba, por abajo a la calle de Sebastián Elcano. Tengo el recuerdo de haber ido al garaje con muy pocos años, porque se nos habían quedado las llaves de casa dentro y no podíamos abrir. Como mi padre tenía su copia en el trabajo, me daba las suyas y yo me sentía un héroe por la aventura de ir hasta el garaje a buscarlas. Tened en cuenta que yo tendría siete u ocho años.
   Trabajaba de noche y tenia que intentar dormir por el día en una casa de 40 metros y en la que vivía un niño pequeño (yo), que no creo que dejase títere con cabeza. Pues, a pesar de eso, sólo recuerdo una vez en mi vida en la que se levantase de la cama para animarme a que parase un poco.
Recuerdo de muy pequeño, que incluso sacaba tiempo para contarme historias. Historias de la guerra, historias de mi perra, Neri, que a mi me gustaba mucho escuchar. Contaba que había vivido parte de la batalla del Ebro. Me decía que había tantos muertos, que el rio Segre bajaba rojo por la sangre.
El tuvo la suerte de estar en retaguardia, como "cabo de mulas", cuidando de dichos animales. Me contó que tuvo que aprender a nadar a la fuerza , porque tenían que cruzar el rio y no había más narices que hacerlo. Algunos se ataban a la cola de los caballos para cruzar con ellos a nado, pero imagino que más de uno se quedaría en el intento. Afortunadamente, mi padre, no.
También me contaba que enseñó a varios compañeros a escribir, cosa que hacía él muy bien. Les escribía las cartas para su familia y a su vez, el llevaba un diario, escrito en verso, de cada día de la guerra. Me hubiera gustado conservarlo, pero ocurrió que, una vez finalizada la guerra, en el tren que les devolvía a la vida, desde Reus concretamente, algún "simpático" le robó el petate con todo lo que tenía dentro.
También me contó que escribía cartas a su novia (mi madre). Una anécdota curiosa es que escribió una carta completa a mi madre, pero al revés,  es decir, para que mi madre la pudiese leer únicamente al trasluz. Creo que mi madre tardó bastante en descifrar el jeroglífico para conseguir leerla.
Ya muy mayor y con bastantes dolores, que a veces le hacían cambiar el rictus, le preguntábamos si le dolía algo. El, apretándose su cintura, respondía siempre: "no me duele, no me duele".
Escribiría montones de cosas de mi padre, pero prefiero no hacerlo porque me pongo triste.

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