Hay cosas tontas en la vida que, sin embargo, dejan rastro. Una de ellas es este pajarito o
cuervecito que me cautivó con su curioso pasito durante muchos años. Hasta tal
punto me cautivó, que, pasado el tiempo y habiéndole contado a mis hijos, muy
pequeñitos, la historia del pajarito que a mí me hacía tanta gracia, tuvieron
el gran acierto de buscar al mismo por internet y me regalaron una postal no
recuerdo en qué cumpleaños. No se me olvida que se me cayeron las lágrimas al
verlo. Probablemente ellos no entenderían bien qué pasaba, pero a mí me trajo
muchos recuerdos, recuerdos del colegio, cuando toda la clase recorríamos el
hall con el pasito del cuervo y todos al unísono, con la clara instrucción de
que si había alguien que dejase de hacer el saltito del cuervo aunque
apareciese algún profesor, se llevaría una somanta de leches. Ocurrió que D.
Francisco, profesor serio dónde los haya, nos descubrió y pretendió que
dejásemos de hacer el “gili”, pero nosotros, no paramos ni un momento de
hacerlo, lo que nos ocasionó una semana de castigo sin bajar al patio. Son
recuerdos muy bonitos de mi etapa escolar. Hace poco he descubierto también que
la musiquita añorada había sido compuesta por Mendelssohn, se llama Minah’s
theme (la canción de Mina) y forma parte de una composición musical llamada Las
Hébridas.
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