miércoles, 1 de marzo de 2017

RETORNO AL BLOG

Para no defraudar a mi única seguidora, voy a retomar el blog poquito a poco.

Han pasado siete años desde mi último intento y algún achaque que otro va apareciendo, de manera que espero que este sea el intento definitivo.
Quizá si tuviese una idea de  por dónde empezar.....Bueno, lo haré por mi infancia, antes que se me olviden las cosas  y no pueda transmitirlas adecuadamente.
Me acuerdo bajando las escaleras de mi casa en Atocha a velocidad de vértigo.....como si no hubiera un mañana y tuviese que llegar a  algún sitio importante, aunque el único recorrido era hasta el colegio, distante unas manzanas más allá. Los primeros años de cole, iba con mi hermana pequeña, Loli, sí, la de las espinillas moradas de pataditas fraternales. Dada nuestra diferencia de edad, siete años,  me duró poco su compañía y enseguida se puso a trabajar. Tendría ya una edad avanzada para hacerlo. Creo que empezó a los catorce años.
Calculo que yo tendría 9 más o menos cuando empecé a ir sólo al cole. En aquellos tiempos no era peligroso, dado que únicamente tenía que cruzar el Paseo de las Delicias y casi no circulaban coches. No me gustaba el colegio, pero dada las pocas opciones que mi reducido círculo vecinal me ofrecía, era el único sitio donde correr y dar patadas a un balón o a un sucedáneo (recuerdo jugar al futbol hasta con piedras). Tened en cuenta que un balón de plástico era en 1965 un lujo asiático. A veces se nos colaba el balón por la valla del colegio y saltábamos con facilidad a la calle para recuperarlo si no había nadie que nos lo devolviese.
Una vez al mes y siempre en domingo, había reuniones de padres con el director del colegio, D. Daniel Alonso Montero, un auténtico y longevo personaje, ex legionario y auténtica alma mater del colegio Menéndez y Pelayo. Era un colegio peculiar, porque tenía director y directora. De la directora sólo recuerdo su nombre. Se llamaba Dª Africa. Mientras duraban los mítines de D. Daniel, nosotros aprovechábamos para echar el partido de fútbol más largo posible. Son momentos que no olvido por ser de los más gratificantes de mi infancia.
El patio del colegio servía además para iniciar nuestros primeros contactos con el género femenino. El recreo era el único momento de ver chicas, dado que, aunque el colegio era mixto, las clases no lo eran, por lo cual teníamos una única oportunidad de experimentar con los primeros roces femeninos. Casi siempre era en el juego del "rescate", en el cual se hacían dos grupos y corríamos normalmente a atrapar a alguna de nuestras enemigas en el juego. El único problema es que nosotros éramos unos auténticos enanos y ellas, con catorce años, eran ya mujeres hechas y derechas. Dos de ellas, hermanas, eran conocidas como "las moras" y ofrecían un auténtico espectáculo. Mi favorita, por su simpatía, era una tal Ladislaa (os juro que se llamaba así). Nunca elegí bien. Primero, porque era la niña más veloz que he conocido. Meses más tarde, ganó la prueba de los 300 metros del trofeo "la Hucha de Oro" en el Estadio Vallehermoso de Madrid. Os cuento esto porque nunca la alcanzaba jugando al rescate. Fijaos si era rápida (y precoz), que poco después de acabar en el colegio Menéndez y Pelayo, la vi con un carrito doble de niño. Había tenido gemelos con apenas quince añitos.

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