jueves, 30 de noviembre de 2017

MI NEURÓLOGA - ANA HERRERA



Con el paso de los años, surgen a menudo problemas físicos de cualquier índole. En mi caso, el problema surgió en el mes de octubre del año 2013, aunque, al parecer, venía de algunos años antes, según me explicó mi neuróloga.
Comenzó una noche, en la cual me ví sorprendido por un fuerte pinchazo en la parte izquierdas de mi cara, el cual hizo que despertase súbitamente. Me incorporé y el dolor desapareció. Volví a costarme y el dolor apareció en dos o tres ocasiones más, por lo cual decidí levantarme de la cama antes de lo previsto.
Pensé que era algo relacionado con mis muelas y busqué un odontólogo de urgencia (era domingo por la mañana), pero me dijo que no tenía nada que ver con la boca y me remitió al neurólogo. Fui el lunes a la doctora de mi trabajo y también me remitió al neurólogo. Insistí y fui a mi médico de cabecera, el cual me dijo que fuese al neurólogo. También fui a mi dentista, el cual me miró, confirmando que no era de la boca y me remitió al neurólogo. Dicho todo esto................. decidí ir al neurólogo.
En el neurólogo, me "recetaron" multitud de pruebas, desde resonancia magnética hasta pruebas de movilidad muscular, del oído y de la vista, Las pruebas dieron como resultado "lesiones desmielizantes". Al año siguiente, dado que el día 14 de enero a las siete de la tarde exactamente me dio un fuerte pinchazo en la cara, fui de nuevo al neurólogo y me "encargó" una punción lumbar, cosa que no me dio muy buena "espina". Afortunadamente, el resultado no ofreció un resultado negativo y me dieron de alta hospitalaria al día siguiente. Lo hizo una doctora (que no era entonces mi neuróloga) llamada ANA HERRERA.
Al contar a mi compañero de trabajo, José  Gil, mis peripecias, le conté lo de la doctora. Curiosamente era la misma doctora que le trataba   a él desde hacía tiempo y me contó lo amable y buena doctora que era. Incluso me comentó: "a ver si va a ser familia tuya con ese apellido". Yo contesté: "como si no hubiera más HERRERA en el mundo".
Pasó el tiempo y mi hermana Loli me aconsejó pedir otra opinión respecto a mis" neuralgias de trigémino" y me dijo que la hija de Aurelio y Adoración era neuróloga y me podía ver.
Pues bien, resultó que Ana Herrera, era la hija de Aurelio y Adoración y desde entonces es mi neuróloga. ¡Que pequeño es el mundo!
 

martes, 7 de noviembre de 2017

ATRAPADO SIN SALIDA

Fue en 1997. Vivíamos aún en la casa de la calle Virgen de los Desamparados. Habíamos decidido cambiar el suelo, cerrar la terraza y cambiar los muebles del cuarto de estar para hacer una habitación nueva para mi hija Loli.
 Por motivos obvios, mi mujer y los niños fueron unos días a vivir a casa de los abuelos maternos, hasta que terminase la obra. Yo, me quedé en casa a vigilar la obra y a dormir.
Como había que redistribuir muebles para poder colocar el suelo nuevo, quité las sujeciones de las camas, que, al ser abatibles, estaban ancladas en la pared.
Llegó la noche y me dispuse a dormir, sin acordarme de que había quitado el anclaje de la pared. Extendí la cama y me tumbé. Con mi peso, el mueble que contenía habitualmente la cama, se me cayó encima y quedé completamente atrapado dentro de la cama. El problema es que estaba sólo, no existían lo móviles y era de noche. Tardé diez interminables minutos en liberarme del caparazón de la cama. Con los pies, empujaba hacia arriba el cajón de madera y a la vez intentaba salir por el hueco que quedaba entre el mismo y la cama. Por fin y con mucho esfuerzo, conseguí salir de mi cárcel. Luego, me dio por pensar qué habría sucedido si no logro salir.
La vecina de abajo fue la única que se enteró, por el ruido que el mueble hizo al caer encima de mi y de la cama, pero no se le ocurrió que a alguien le pudiese haber ocurrido semejante imbecilidad. Me preguntó por la mañana y yo se lo conté. Me imagino que todavía estará muriéndose de risa.

martes, 31 de octubre de 2017

CASA MARÍA















Hay anécdotas que es mejor no contarlas o mejor aún, no haberlas vivido. Esta es una de ellas. Lo que voy a contar, es exactamente lo que pasó en un frustrado día de celebración familiar.
Teníamos pendiente una comida con mis hermanas Conchi y Loli. Aprovechamos que había venido nuestra hija Loli de Bruselas y me parece recordar que vino Julien también. Además venía la Abuela Lola, madre de mi mujer.
En otra ocasión, con mis consuegros, habíamos comido en Casa María, pero en la situada en la calle Atocha, y nos causo muy buena impresión. En esta Ocasión decidimos hacerlo en la Plaza Mayor, dónde también habíamos comido con nuestros amigos Juan Carlos y Mati en meses anteriores.
Este relato es exactamente el que hice al día siguiente al dueño del restaurante, que llamaba para pedir explicaciones por nuestra negativa a pagar la cuenta. Le dije exactamente: Escuche Vd. y considere si lo que le voy a relatar es suficiente para no haber pagado la cuenta:
RELATO PORMENORIZADO DE LOS HECHOS (Recopilado a las tres de la mañana ante la imposibilidad de pegar ojo):
-Nos presentamos en Casa María a las 2,30, hora reservada el día anterior.
-Pedimos que pongan la calefacción, por que el frío era intenso.
-Limpiamos platos y vasos, con puntitos rojos de la tierra caída del techo
-Pedimos una copa que faltaba y que nos cambien otras dos, sucias.
-A las 3,15 horas, tres cuartos de hora después de haber entrado, el camarero se disculpa por tercera vez por la tardanza en atendernos y nos explica que no tienen suficiente personal porque están atendiendo la terraza exterior.
- 3,20, el camarero nos trae tres barras de pan, que compartimos entre las diez personas presentes y ya hambrientas. Nos explica que ahora trae más, porque no sé que narices pasa. Le decimos que no se vaya y que por favor nos tome nota de los entrantes y de los segundos platos, ya que si el pan ha tardado 50 minutos, no sabemos lo que tardará el resto de platos.
-Nos sirven los entrantes y veinte minutos después, se disculpa de nuevo el camarero y nos dice que no puede traer carne, porque no hay entrecot ni solomillo, los cuales habíamos encargado para seis de las diez personas.
-Ante la disyuntiva de comer o irnos a casa, decidimos comer a base de entrantes, tostas y otros primeros, así como dos raciones de callos, pidiendo una nueva botella de vino.
-Traen las tostas y una de callos y las devoramos rápidamente. Eso sí, sin vino, que no llegan a traer pero que aparece en la nota final.
-Además, uno de los platos de pescado, merluza en concreto, no lo sirven (al menos no lo incluyen en la nota final).
- La abuela, que pidió rape, se vuelve loca buscando el pescado entre la cama de puré de patata. Consigue encontrar un trozo del tamaño de un dedo.
- A las cuatro y veinte, nos traen el segundo plato de callos, que rechazamos porque estamos ya satisfechos de comer pan y tostas. Por cierto, los callos que devolvemos, se incluyen en la nota final también.
-A las 4,40, decidimos no pedir postre ni café, dado que no hemos comido…y salimos. Curiosamente, se muestran todo lo diligentes que no han sido durante la comida y nos avisan que no hemos abonado la cuenta. Les decimos que lo sabemos y que queremos el libro de reclamaciones y hablar con un encargado, de la cuenta y del trato recibido.
-La encargada, eso si, con bastante educación, se hace la remolona para traer el libro de reclamaciones y nos dice que eso nos ha pasado porque no habíamos reservado. Le aclaramos que sí habíamos reservado, lo comprueba y nos pide nuevamente el teléfono para que alguien de la empresa se ponga en contacto con nosotros. Se lo damos y abandonamos el restaurante a las 4,45, porque al ir con personas mayores, abuela incluida, no podemos quedarnos allí a seguir pidiendo responsabilidades si no hay nadie  de la empresa a quien pedirlas.
-No entiendo por qué los precios ni la carta que figuran en Internet, no coinciden con los del restaurante, unos en importe inferior y otros en importe superior.
Mientras le leía todo esto, no dejé abril la boca al encargado. Podéis suponer que, después del relato telefónico, no pudo hacer otra cosa que disculparse y ponerse a nuestro servicio para futuras celebraciones y por supuesto, decirnos que no era necesario que pagásemos la factura, cosa que ya teníamos decidido no abonar.

viernes, 1 de septiembre de 2017

LA ABUELA DOLORES

En esta familia, casi todas las mujeres se llaman Dolores. Las dos abuelas se llamaban Dolores. Mi mujer también y mi hija y mi hermana, también. Pero en este caso, le dedicaré el capítulo a mi madre.
Mi madre, nació el año y el día que zarpó el Titánic en su viaje inaugural, el día 10 de abril de 1912 (admito, si estoy equivocado, que quién lea esto, me corrija). Dicha esta tontería, trataré de explicar lo más fielmente posible cómo era. 
Imaginaos vivir a principio del siglo 20 en una aldea como Novella. Un pueblo sin nada, rodeado de nada y con más pobreza que en la comarca de las Hurdes (tan conocida por haber salido en múltiples ocasiones en televisión como ejemplo de máxima pobreza). Es difícil de entender en nuestro siglo. Sólo os diré que recuerdo haberle oído contar que, con sólo 9 años, iba a cuidar de las ovejas (que serían más grandes que ella) y únicamente con un cantero (trozo de de pan duro) que mojaba en la fuente para poder comérselo. Menos mal que, dada la pobreza extrema, no creo que tuviese que cuidar de demasiadas ovejas. Luego, imagino que al volver, tendría que ayudar con las gallinas y con el poco huerto que hubiese para cuidar. Y todo ello, en un pueblo con una temperatura invernal de muchos grados bajo cero. Imagino que eso endurece. Y es que mamá era muy, pero que muy fuerte. Desconozco de ella muchas cosas hasta el día en que se casó con mi padre, pero estoy convencido que fue una bonita historia de amor, a tenor de las cartas y postales que mi padre le enviaba desde la guerra (aún conservo una). Aunque me repita, imaginad a una mujer, con sólo hijas ayudar en las tareas del campo y ocuparse de una casa. Os diré que me contaron que en tiempo de recolección, estaba horas y horas dando vueltas a la rueda  de la aventadora (máquina que, sin motor alguno, separaba la paja del grano). Es normal que fuese dura. No había más remedio.
De su estancia en Madrid, yo con dos años cumplidos, os puedo dar algún detalle más. La casa no tenía lavadora. Se lavaba todo a mano. Éramos 8, si contamos a mi tía Rafaela, que vivió siempre con nosotros, así que podéis imaginar los tutes que se daba simplemente con atender a ocho personas.
Pero no acababa ahí la cosa. Dado que en el pueblo quedaban familiares e hijos de familiares que cumplían  el servicio militar en distintos sitios de la península, se encargaba de lavar la ropa de los mismos cuando venían a Madrid. No sé cómo podía con todos, pero el caso es que podía.
El tiempo que le sobraba.....porque, si, le sobraba, cosía bolsas de guata (junto con la tía Rafaela) y otras cosas que no recuerdo y que había que entregar después en la tienda, que, si no recuerdo mal, estaba cerca de la Puerta del Sol. Naturalmente, iba andando, para no gastar el mínimo ingreso obtenido en coger ningún tipo de transporte. Recuerdo haberla acompañado en alguna ocasión.
Algunos domingos, recuerdo también que venían, ya de paso, también a comer,  algunos "medio familiares" del pueblo, cuyo objetivo, no era saludar a mi madre, sino intentar ligar con alguna de mis hermanas.
Pero es que a mi madre, lo que menos le importaba era tener la casa llena de gente. Era feliz si en casa había más de  diez personas, aunque casi no cabían. Si eran sus nietos, mejor todavía. Nunca la vi quejarse por el trabajo que le pudiesen dar las visitas.
Debí ser un niño muy enfermizo, porque recuerdo que me llevaba muchas veces al médico. En aquellos tiempos, teníamos el médico de cabecera en un bajo de la Puerta del Sol, cerca del actual Corte Inglés.
En una ocasión y no sé qué me notaría, me llevó a que me hicieran un electroencefalograma. Alguna vez he pensado que ella ya intuía que mi coco no era muy ortodoxo. No os riais, porque os prometo que sí que lo he pensado, a tenor de los acontecimientos actuales. Lo que sí os digo es que no hay nadie que conozca mejor a sus hijos que una madre.
Pues bien, el día que me hicieron el electro, había una sala de espera en la que estaba una señora dando eruditas explicaciones de las características de la prueba. Decía: " No te preocupes, bonito, que lo único que te hacen es ponerte una especie de malla en el cuero cabelludo que se sujeta con unos alfilercitos y después te dan corrientes eléctricas. Excuso deciros que, fue ponerme el médico la mano en la cabeza y yo caí redondo en el suelo sin conocimiento.
Siempre he odiado ir a los médicos. Mis experiencias han sido casi siempre malas. Recuerdo haber perdido el conocimiento en múltiples ocasiones. Desde analíticas hasta extracciones dentales y hasta por lo menos cumplir veinte años.    


Esto casi no venía  a cuento, pero para acabar de hablar de mi madre, diré que seguro que me quiso mucho más que yo a ella (cosa que me cuesta perdonarme). Creo que en el fondo, nos damos cuenta de estas cosas sólo cuando somos padres. Estoy seguro que ella no me lo tuvo nunca en cuenta.

ANÉCDOTA CURIOSA

Espero contaros bien ésta anécdota, porque no es fácil, pero deja claro hasta qué punto pueden mezclarse los destinos de la gente y confirma el dicho "este mundo es un pañuelo". Os cuento, para que os pongáis en situación: Reunión con el Director del INEF(Javier Rojo), Secretario del mismo y gerente. El motivo, la integración a todos los efectos del Instituto Nacional de Educación Física  en la Universidad Politécnica de Madrid. Anteriormente, dependía del Consejo Superior de Deportes y era dicho Organismo quien confeccionaba sus nóminas. A partir de ese momento, íbamos a ser nosotros los encargados de gestionarlas y esa era la razón de nuestra reunión.
Nos invitan a comer en las dependencias del INEF y hablamos animadamente para darnos a conocer y comentar el asunto de la "Encomienda de Gestión" que era el nombre asignado a la labor de confeccionar sus nóminas. En un momento dado, el entonces director del INEF me mira y me dice: Yo te conozco de antes, "tu cara me suena". Yo le contesto que su cara tampoco me es desconocida y empezamos entones a intentar descubrir de qué nos "suenan" nuestras respectivas caras. Salen a relucir los estudios, el servicio militar y otras cuarenta cosas, pero en ninguna coinciden lugares comunes que nos ayuden a descubrir el vínculo que los dos buscamos. Un poco hartos ya del asunto, le cuento a Javier una anécdota relacionada un poco con esta situación. Le explico que algo parecido me sucedió días antes en el hospital dónde estaba ingresado mi padre, la Fundación Jiménez Díaz, dónde el médico de guardia, a mi pregunta de ¿Cómo está mi padre?, me responde que está controlado, que tiene algo de insuficiencia respiratoria y que se queda ésa noche ingresado. Además, me añade: Tu cara me suena, pero no sé ahora de qué. Pasa la noche y por la mañana aparece el médico de guardia y le pregunto qué tal ha pasado la noche mi padre. Me contesta :Tu padre ha pasado la noche bien y ya sé de qué te conozco. Te conozco de los Billares Pasajes, en la Glorieta Luca de Tena. Era cierto, lo había conocido allí.
Y aquí llega la anécdota. Estaba contando esto al Director y me dice:  ¡coño! , pues de ahí te conozco yo también. Resulta que él había pisado mucho ese barrio, pues su novia (y actual esposa) vivía en la calle del Ferrocarril y él había conocido a gente de dicho barrio. Derivó nuestra conversación en cualquier cosa, excepto en la encomienda de gestión de las nóminas del INEF. Hablamos de conocidos comunes, anécdotas juveniles y al final resultó una comida más agradable de lo esperado. Tanto es así, que el Secretario del INEF, celoso de nuestra animada conversación, terció en la misma para decir que sus padres no le habían dejado nunca pisar esos lugares (los billares). Nos miramos Javier y yo y aguanté como pude las ganas de decirle: "Quizá si los hubieras pisado, hubieses llegado a Director como Javier". La prudencia triunfó y no contesté a semejante desatino. Por su parte, el dire, un tío muy majo, se dio también cuenta de la metedura de pata de su secretario.

ORFELIO



¡Vaya nombre!......Pues bien, Orfelio Gerardo León García, fue un compañero de colegio y de pupitre que recientemente se ha jubilado. Era para mí un referente. Fue un referente para mí siempre, aunque su ejemplo no me sirvió demasiado. En el colegio destacaba  ya por su inteligencia y por sus dotes de liderazgo. Jugaba a baloncesto, porque era corpulento aunque no excesivamente alto. Entre él y otro compañero, Carlos Zaldo, hacían un tándem bastante completo en el equipo de baloncesto del colegio, que en el curso 69-70, provocó que ganáramos los partidos por muchísimos puntos de diferencia.
Pero no es ahí dónde destacó mi compañero Orfelio, o no solamente ahí. Dejamos de vernos en el Instituto Cervantes, tras el bachiller superior, con dieciséis años. Le perdí la pista durante unos años y casualmente la volví a encontrar ya trabajando en la Universidad dónde llevo 40 encargándome de la Seguridad Social. Ocurrió que, por error, enviaron del Ministerio de Educación (el cual hacía entonces nuestras nóminas) una nómina de la Universidad Autónoma. Con su peculiar nombre, lo identifiqué rápidamente. Resulta que con 22 añitos, era profesor no numerario de Psicología en dicha Universidad. Lo que casi nadie sabrá (y yo intuyo) es la causa que provocó que se dedicase a la docencia y precisamente en esa rama. Estoy seguro de saberlo. Todo empezó en clase de filosofía del Instituto Cervantes, dónde impartía clase una profesora que no puedo olvidar, por su prepotencia y chulería. Se llamaba  Dª  Elvira Sevilla. Pues bien, dicha profesora, aparte los exámenes sorpresa y las evaluaciones con exámenes orales, gustaba experimentar con otras actividades. Entre ellas, inventó, según ella para subir nota, conferencias voluntarias de los alumnos. Orfelio se prestó a ello y decidió impartir una conferencia sobre la droga. Llegó vestido de Sherlock Holmes, con su gorrita y su pipa y creo que nos habló de las drogas.  Al terminar, la profesora nos preguntó nuestra opinión. Todos coincidimos  en que había sido una conferencia muy completa (teníamos 16 años). Pues Bien, ella dijo que esperaba mucho más de Orfelio y que a ella le había parecido bastante deficiente. Esto podría haber sido sólo un opinión, pero no lo fue. Suspendió a Orfelio una evaluación y provocó que no pudiese examinarse en Junio de la reválida de 6º. Imagino que eso debió quedar grabado en mi compañero y quizá fuese esa la razón de su posterior dedicación a la psicología, rama en la que ha destacado, publicando multitud de libros.
Me hubiera gustado volver a verlo, pero prefiero recordarlo tal y cómo lo conocí. De hecho, he vuelto a verlo en foto, con motivo del homenaje que le han dado sus compañero de la Facultad de Psicología de la U. Autónoma. Me hace pensar que los demás me ven como yo le veo a él, una persona adulta( por no decir mayor) y eso me deprime un poco.
Orfelio y yo en el patio del Colegio Menéndez y Pelayo - mayo 1970

viernes, 10 de marzo de 2017

VUESTRO ABUELO DANIEL

No es porque sea mi padre, pero no he conocido a nadie con su talante. Vivió la guerra civil y yo creo que esa experiencia fue tan dura, que no encontraba motivo jamás para renunciar a las cosas positivas de la vida. No había persona que pidiese a la vida menos que él. Se conformaba (en sus últimos años) con esperar el fin de semana para ver a sus nietos, a los cuales adoraba.
Había perdido casi la comunicación verbal, por un ictus que sufrió ya bastante mayor. Yo en su lugar, me habría dado de cabezazos contra una pared si no hubiese podido hablar con nadie durante años.
Cuando era joven y yo era un niño, recuerdo haber ido de vacaciones con él. En Molina de Aragón, le conocían todos. Era extrovertido y simpático con todo el mundo. A todos les caía bien. No era por casualidad. Nunca se quejaba de nada. Ni siquiera cuando trabajaba en turno de noche en los autobuses ADEVA. Los autobuses ADEVA, cubrían antaño la ruta hasta la Ciudad los Angeles. Luego empezaron a circular autobuses municipales y vendieron la empresa a PEUGEOT. Estaba ubicado en la Ronda de Valencia y daba, por abajo a la calle de Sebastián Elcano. Tengo el recuerdo de haber ido al garaje con muy pocos años, porque se nos habían quedado las llaves de casa dentro y no podíamos abrir. Como mi padre tenía su copia en el trabajo, me daba las suyas y yo me sentía un héroe por la aventura de ir hasta el garaje a buscarlas. Tened en cuenta que yo tendría siete u ocho años.
   Trabajaba de noche y tenia que intentar dormir por el día en una casa de 40 metros y en la que vivía un niño pequeño (yo), que no creo que dejase títere con cabeza. Pues, a pesar de eso, sólo recuerdo una vez en mi vida en la que se levantase de la cama para animarme a que parase un poco.
Recuerdo de muy pequeño, que incluso sacaba tiempo para contarme historias. Historias de la guerra, historias de mi perra, Neri, que a mi me gustaba mucho escuchar. Contaba que había vivido parte de la batalla del Ebro. Me decía que había tantos muertos, que el rio Segre bajaba rojo por la sangre.
El tuvo la suerte de estar en retaguardia, como "cabo de mulas", cuidando de dichos animales. Me contó que tuvo que aprender a nadar a la fuerza , porque tenían que cruzar el rio y no había más narices que hacerlo. Algunos se ataban a la cola de los caballos para cruzar con ellos a nado, pero imagino que más de uno se quedaría en el intento. Afortunadamente, mi padre, no.
También me contaba que enseñó a varios compañeros a escribir, cosa que hacía él muy bien. Les escribía las cartas para su familia y a su vez, el llevaba un diario, escrito en verso, de cada día de la guerra. Me hubiera gustado conservarlo, pero ocurrió que, una vez finalizada la guerra, en el tren que les devolvía a la vida, desde Reus concretamente, algún "simpático" le robó el petate con todo lo que tenía dentro.
También me contó que escribía cartas a su novia (mi madre). Una anécdota curiosa es que escribió una carta completa a mi madre, pero al revés,  es decir, para que mi madre la pudiese leer únicamente al trasluz. Creo que mi madre tardó bastante en descifrar el jeroglífico para conseguir leerla.
Ya muy mayor y con bastantes dolores, que a veces le hacían cambiar el rictus, le preguntábamos si le dolía algo. El, apretándose su cintura, respondía siempre: "no me duele, no me duele".
Escribiría montones de cosas de mi padre, pero prefiero no hacerlo porque me pongo triste.

jueves, 9 de marzo de 2017

MARGARITA

Uno de los seres que llenó nuestros sueños eróticos juveniles, fue Margarita.
Margarita era una chica feúcha de nuestro colegio a la que, por problemas de desarrollo, trataron con hormonas. Nunca unas hormonas surtieron tan buen efecto en nadie conocido, porque, de ser una chica fea, delgada y desgarbada, pasó a convertirse en el objeto de nuestras miradas....y de las miradas de otros muchos. Digo esto, porque no sé como ni por qué, pasó de ser una simple alumna a ejercer de cuidadora de niños pequeñitos del colegio, llamados entonces "párvulos". Se comentó que la razón de su contratación fue que estaba enrollada con el Director, D. Daniel Alonso Montero y no me extrañaría nada que fuese así, porque era una situación nada normal. Lo que sí recuerdo, dada la anatomía de Margarita, exuberante a más no poder, era la cantidad de veces que nos asomábamos a la ventana del segundo piso para ver a los niños jugar en el patio y sobre todo, para ver a su cuidadora, la cual procuraba dejar los dos primeros botones de su blusa sin abrochar para alegrarnos la vida. Posteriormente supe que otro de los que habían conseguido disfrutar de su encantos, pero de una manera mejor, fue José Ramón Martínez Márquez, compañero  de colegio entonces. Dicho así, quizá no os suene. Años después, sería conocido como "Ramoncín" o también como "El rey del pollo frito", cantante y personaje curioso. Tertuliano con Felipe González y diversos gobernantes del PSOE, "erudito" en todas las ramas del saber, opinaba hasta de aquello que desconocía. Llegó a ser directivo de la SGAE (Sociedad General de Autores), donde tuvo problemas legales y creo que se llevó lo que pudo. En resumidas cuentas, era un tipo que no era "santo de mi devoción". Yo le tenía bastante manía, sobre todo porque  había en él algo, mezcla de chulería y desparpajo, que hacía que se llevase a las chicas "de calle". Recuerdo haberle visto con dos muchachas, una de cada brazo, tremendas las dos, cuando el no tendría más de dieciséis o diecisiete años y yo todavía no sabía lo que era "comerse un rosco". Por cierto, él iba de traje y chaleco, imagen que dista mucho de la que vendió muchos años después, de barriobajero, punk y contestatario.  Alardeaba de ser un gran jugador de futbolín y no tenía puñetera idea. Alardeaba de haber robado cervezas en la fábrica del Aguila, cerca de la calle General Lacy y dudo que alguna vez lo hiciera. En revistas, llegó a decir que había estudiado en la Universidad y yo afirmaría que no había terminado ni el bachiller elemental. Creó un personaje ficticio que se creyeron muchos españoles y que aún hoy muchos se siguen creyendo. Lo que no cabe duda es que fue y es un auténtico personaje.

miércoles, 8 de marzo de 2017

INKI Y EL PÁJARO MINAH




Hay cosas tontas en la vida que, sin embargo,  dejan rastro. Una de ellas es este pajarito o cuervecito que me cautivó con su curioso pasito durante muchos años. Hasta tal punto me cautivó, que, pasado el tiempo y habiéndole contado a mis hijos, muy pequeñitos, la historia del pajarito que a mí me hacía tanta gracia, tuvieron el gran acierto de buscar al mismo por internet y me regalaron una postal no recuerdo en qué cumpleaños. No se me olvida que se me cayeron las lágrimas al verlo. Probablemente ellos no entenderían bien qué pasaba, pero a mí me trajo muchos recuerdos, recuerdos del colegio, cuando toda la clase recorríamos el hall con el pasito del cuervo y todos al unísono, con la clara instrucción de que si había alguien que dejase de hacer el saltito del cuervo aunque apareciese algún profesor, se llevaría una somanta de leches. Ocurrió que D. Francisco, profesor serio dónde los haya, nos descubrió y pretendió que dejásemos de hacer el “gili”, pero nosotros, no paramos ni un momento de hacerlo, lo que nos ocasionó una semana de castigo sin bajar al patio. Son recuerdos muy bonitos de mi etapa escolar. Hace poco he descubierto también que la musiquita añorada había sido compuesta por Mendelssohn, se llama Minah’s theme (la canción de Mina) y forma parte de una composición musical llamada Las Hébridas.

martes, 7 de marzo de 2017

ACOSO ESCOLAR





Hoy está de moda esta expresión, que en mi tiempo era algo normal. Era un aprendizaje diario escabullirse de quien sólo se sentía importante haciendo daño a algún compañero. Yo fui en algún momento acosado. Recuerdo a dos pintillas. Uno se apellidaba Azpilicueta y otro Hernán. Los dos esperaban el momento más oportuno para quitarme cosas e incluso darme algún cachete. No recuerdo mucho los detalles, porque es mejor olvidarlos. El único detalle que no olvido es que un día, mientras estaba siendo “acosado” y yendo en dirección a mi casa  desde el colegio, llegué, con ellos pinchándome si parar, hasta el disco que hay en la confluencia de la calle Delicias y la Calle Murcia. Calculé bien y lancé con todas mis ganas una patada en la pierna, creo que fue a Hernán, al cual no dejé inservible de casualidad. Es curioso, pero no recuerdo que después de eso hubiese represalias y creo que ese suceso fue el fin de los acosos.

Pero el auténtico acoso, lo sintió un profesor que tuvimos y del que me acuerdo muchas veces. Se llamaba Félix. Era andaluz y una bellísima persona. Su apodo era “Félix el gato”, apodo tomado de una serie de dibujos animados muy conocida en ese tiempo. Era tan buena persona, como incapaz de hacer frente a una recua de malos estudiantes que le amargamos la vida. Fue nuestro profesor en tercero de bachiller. A unos chavales de trece años no se les puede dejar campar a su anchas y D. Félix no sabía imponer autoridad. Recuerdo muchas anécdotas: Teníamos unos armarios roperos en el pasillo del colegio, dónde colgábamos los abrigos. Eran lineales y se comunicaban unos con otros, de manera que jugábamos a escondernos en ellos y no aparecíamos en la clase. D. Félix nos buscaba con la regla en la mano y abría el primer armario. Todos íbamos pasando a los armarios siguientes para que no nos viera, lo que ocasionaba que en los cinco últimos armarios se acumulasen casi cuarenta chicos. Al abrir éstos últimos, salíamos despedidos  como un cohete y caíamos al pasillo. Era divertidísimo para todos, menos para D. Félix, claro.

Su manera de hablar, era motivo de burla siempre. Si tenía que decir a alguien que callase, era peculiar su manera de decirlo, pues finalizaba las frases en “CH”. para decir: tú, cállate, decía Tuch, callatechh!. Imaginaos el cachondeo de todos nosotros imitando su forma de hablar. 

Como D. Félix era pequeñito, le escondíamos la regla en el borde superior de la pizarra, al cual él no alcanzaba. Entonces pedía ayuda al más alto de la clase para que se la descolgara. Se apellidaba Ayuste y medía ya cerca de 1.80 m. Recuerdo que le decía: Ayustito, rico, bájame la regla. Ayuste salía al encerado y hacía ver que no alcanzaba a cogerla, a pesar de que le sobraba medio metro. Mientras tanto, nosotros reíamos por lo bajini.

Imaginad lo simple que era D. Félix. Cuando alguien le hacía algo malo, iba por el pasillo de la clase, paseando entre mesa y mesa y de repente, daba con la regla a algún compañero y le decía: ¡toma la que te debía! . Para evitar eso, mientras él paseaba por el pasillo, regla en mano, es gracioso recordar cómo empujábamos a nuestro compañero, hasta tirarlo del pupitre, con objeto de no quedar al alcance de sus reglazos.

Fue un desastre de curso. El pobre D. Félix cayó en depresión y abandonó el colegio. Lo vieron una vez en Granada, en el quicio de una puerta, cabizbajo y triste. Para nosotros, el resultado fue que únicamente aprobó un alumno todas las asignaturas, un tal Larraona, que hoy es médico creo que en Córdoba. Por mi parte, suspendí cuatro asignaturas en junio y en septiembre me volvió a quedar una, latín, que arrastré  el curso siguiente. Ese fue el resultado de nuestro “acoso” a D. Félix.




lunes, 6 de marzo de 2017

LOS BILLARES TORTOSA





No sé si a vosotros también os ocurre, pero a mi, escuchar canciones antiguas, me transporta a mis años más jóvenes.
Mi mujer me acusa de vivir mucho en el pasado, cosa que puede ser un poco cierta, pero no puedo reprimir la agradable sensación de verme otra vez con doce o catorce años, jugando al billar o al futbolín en los billares de la calle Tortosa (hoy calle de acceso al tren de alta velocidad "AVE" de la estación de Atocha.
No es la primera vez que me veo jugando a las máquinas de "petaco", infinitamente más entretenidas que cualquier juego de ordenador, mientras escucho a Mott the Hoople y su canción "All the Young dudes", la cual hace poco descubrí que había compuesto David Bowie".
Tuve la suerte de que los billares a los que iba, eran lo más de lo más en cuanto a música de referencia de los años 60 y 70. Por alguna razón que desconozco, a la máquina de discos, llegaban los éxitos de conjuntos "noveles", como los Beatles, los Rollings y otros cantantes casi desconocidos entonces en España, como una tal Janes Joplin, que cantaba una canción que a mí me gustaba mucho: Mercedes Benz. También me gustaba mucho un cantante que se llamaba Eric Clapton y una canción que se llamaba "Layla". Uno de mis favoritos era Rod Stewart y su canción "Maggie Mae". También descubrí el sonido Filadelfia, los inicios de Michael Jackson, que cantaba con sus hermanos y una multitud de conjuntos y solistas que dejaron huella en años posteriores. Tengo entendído que era un joven que viajaba asiduamente a Londres quien surtía de discos a los billares.
El encargado de los billares se llamaba Amador. Lo recuerdo con cariño por su talante bondadoso, que le llevaba de vez en cuando a dejarse engañar cuando le decíamos que alguna máquina o el futbolín se habían tragado nuestra moneda y él nos regalaba la partida.
Los billares eran para mí una visita obligada tras salir del colegio, el cual distaba tan sólo ciento cincuenta metros de los "billarines". Mi afición por la música empezó allí y os aseguro que no era la música habitual en la España de los años 60. En España sólo se oía a Manolo Escobar (entre  los clásicos) y entre los modernos, conjuntos como "el dúo dinámico", los Sirex y los Mustang.
La música y el futbolín, hacían que el tiempo transcurriera sin darme cuenta y que se me pasase la hora de volver a casa e incluso una vez, habiéndome acordado de volver a casa, me diese cuenta de que había dejado mi cartera bajo el futbolín. Entonces me tocaba engañar a mi madre  diciéndole que había olvidado mi cartera en el cole y tenía que salir corriendo de vuelta a los billares para recuperarla.
En una ocasión, se me hizo de noche en los billares y mi madre, guiada por esa intuición que sólo las madres tienen, me buscó allí y me encontró jugando. No recuerdo que me castigase por ello, pero muchas veces me viene a la cabeza lo mal que lo tuvo que pasar hasta encontrarme. Tampoco me reprochó nunca que le "sisara" del bolso alguna moneda para mis maquinitas.   Es algo que me hubiese gustado hablar con ella y que me pesa no haber hecho nunca.
Los billares Tortosa, fueron parte importante de mi juventud y necesitaba dedicarles un capítulo, aunque sea corto. Os pondría una foto de los billares, pero hace más de 30 años que es una tienda de electrodomésticos.

miércoles, 1 de marzo de 2017

RETORNO AL BLOG

Para no defraudar a mi única seguidora, voy a retomar el blog poquito a poco.

Han pasado siete años desde mi último intento y algún achaque que otro va apareciendo, de manera que espero que este sea el intento definitivo.
Quizá si tuviese una idea de  por dónde empezar.....Bueno, lo haré por mi infancia, antes que se me olviden las cosas  y no pueda transmitirlas adecuadamente.
Me acuerdo bajando las escaleras de mi casa en Atocha a velocidad de vértigo.....como si no hubiera un mañana y tuviese que llegar a  algún sitio importante, aunque el único recorrido era hasta el colegio, distante unas manzanas más allá. Los primeros años de cole, iba con mi hermana pequeña, Loli, sí, la de las espinillas moradas de pataditas fraternales. Dada nuestra diferencia de edad, siete años,  me duró poco su compañía y enseguida se puso a trabajar. Tendría ya una edad avanzada para hacerlo. Creo que empezó a los catorce años.
Calculo que yo tendría 9 más o menos cuando empecé a ir sólo al cole. En aquellos tiempos no era peligroso, dado que únicamente tenía que cruzar el Paseo de las Delicias y casi no circulaban coches. No me gustaba el colegio, pero dada las pocas opciones que mi reducido círculo vecinal me ofrecía, era el único sitio donde correr y dar patadas a un balón o a un sucedáneo (recuerdo jugar al futbol hasta con piedras). Tened en cuenta que un balón de plástico era en 1965 un lujo asiático. A veces se nos colaba el balón por la valla del colegio y saltábamos con facilidad a la calle para recuperarlo si no había nadie que nos lo devolviese.
Una vez al mes y siempre en domingo, había reuniones de padres con el director del colegio, D. Daniel Alonso Montero, un auténtico y longevo personaje, ex legionario y auténtica alma mater del colegio Menéndez y Pelayo. Era un colegio peculiar, porque tenía director y directora. De la directora sólo recuerdo su nombre. Se llamaba Dª Africa. Mientras duraban los mítines de D. Daniel, nosotros aprovechábamos para echar el partido de fútbol más largo posible. Son momentos que no olvido por ser de los más gratificantes de mi infancia.
El patio del colegio servía además para iniciar nuestros primeros contactos con el género femenino. El recreo era el único momento de ver chicas, dado que, aunque el colegio era mixto, las clases no lo eran, por lo cual teníamos una única oportunidad de experimentar con los primeros roces femeninos. Casi siempre era en el juego del "rescate", en el cual se hacían dos grupos y corríamos normalmente a atrapar a alguna de nuestras enemigas en el juego. El único problema es que nosotros éramos unos auténticos enanos y ellas, con catorce años, eran ya mujeres hechas y derechas. Dos de ellas, hermanas, eran conocidas como "las moras" y ofrecían un auténtico espectáculo. Mi favorita, por su simpatía, era una tal Ladislaa (os juro que se llamaba así). Nunca elegí bien. Primero, porque era la niña más veloz que he conocido. Meses más tarde, ganó la prueba de los 300 metros del trofeo "la Hucha de Oro" en el Estadio Vallehermoso de Madrid. Os cuento esto porque nunca la alcanzaba jugando al rescate. Fijaos si era rápida (y precoz), que poco después de acabar en el colegio Menéndez y Pelayo, la vi con un carrito doble de niño. Había tenido gemelos con apenas quince añitos.